Entre ayer miércoles y hoy jueves ha cundido bastante el trabajo en todos los tajos. En la Cueva del Camino, Enrique Maldonado sigue bajando en los niveles fluviales para documentar la estratigrafía de los niveles estériles para buscar la roca y poder establecer la forma inicial de caja de la cueva. ¡Cualquier día saldrá un canguro desde la antípoda! Sugiero a mi tocayo y a Theo ‘el griego’ que utilicen el martillo eléctrico para bajar más deprisa. Así lo hacen y avanzan exponencialmente.
La restauradora Elena Moreno ayuda a sacar una tibia de rino que está bastante deteriorada y que engasa previamente, consolidando con Paraloid, para extraerla en perfectas condiciones. Hace un buen trabajo y el fósil sale sin sufrir el más mínimo daño en el proceso de extracción. Es un magnífico fósil. Junto a él asoman otros restos de Uro que Kyle, la paleoantropóloga neoyorquina, se apresta a sacar, como siempre, con la mejor de sus sonrisas. Qué suerte tenemos de contar con Kyle, no sólo es una magnífica excavadora sino que va a ser una gran antropóloga especializada en la bipedestación humana. Ya es de las fijas en Pinilla.
Navalmaíllo continúa excavándose en extensión en la zona de los hogares lavados y sigue ofreciendo una enorme cantidad de material: Industria lítica, huesos, huesos quemados, carbones… Es muy difícil de excavar, muy lento y tedioso, pero vamos dando cuenta de este nivel F. El sistema de las PDAs e impresión de etiquetas en campo agiliza mucho las cosas. Aun así, para el año próximo me propongo utilizar también aquí la estación total, como en Buena Pinta. Todavía iremos más ágiles en el registro coordenado de los objetos.
En la Cueva de la Buena Pinta, la excavación del canalillo de salida de la cavidad sigue deparando sorpresas y una buena cantidad de fósiles, testigos parlanchines del quehacer ‘crocútido’ (¿qué tal la palabreja?).
También aparecen más coprolitos, las heces fosilizadas de las hienas. Por el alto consumo que Crocuta hace de huesos, sus heces no sólo son muy blancas (lo he comprobado personalmente en Laetoli, Tanzania, este verano), si no que además se mineralizan y fosilizan muy rápidamente; por ello se conservan mejor que ninguna otra. Aunque todo esto suene muy escatológico, tiene gran importancia en el trabajo de los zoólogos y también de los paleontólogos. Además, estos coprolitos contienen pólenes que no han sido transportados de lugares muy lejanos, si no en los desplazamientos cotidianos de las hienas, por lo cual reflejan con mayor exactitud la flora de una determinada zona. Esto, en el caso de Pinilla, es muy importante, pues tenemos varios pisos entre 1.000 y 2.400 metros de altitud que aportan conjuntamente pólenes de especies incompatibles. Además de su facilidad para volar, los pólenes, en determinados contextos, percolan con facilidad de unos niveles a otros y debe tenerse mucho cuidado con su interpretación. En definitiva, que los coprolitos de hiena son una joya. Para colmo, hoy traigo puesta una camiseta, que compré en Arusha, con las heces de varias especies de animales en peligro en la sabana. No me libro de todo tipo de comentarios y chanzas jocosas.
Recibimos muchas visitas institucionales -hasta del Gremio de editores de España- y las de algunos colegas muy principales, como Gonzalo Ruiz Zapatero. Gonzalo es Catedrático de Prehistoria de la Complutense y, por lo que dicen sus alumnos, un excelente profesor. Algo que no me extraña, habida cuenta de que su trabajo como enseñante le gusta y goza de unas buenas dotes oratorias. Ruiz Zapatero codirige con Gabriela, Miguel y conmigo el proyecto de investigación sobre los últimos carpetanos en El Llano de la Horca, Santorcaz. Trabajamos muy a gusto juntos. Él es uno de los más brillantes intelectuales de arqueología protohistórica ibérica y a nosotros nos gusta más el trabajo de campo. A esto se une una vieja amistad casi familiar, desde la infancia: nacimos en la misma ciudad, Soria, y en el mismo barrio, el Calaverón. Gonzalo se formó con Martín Almagro Gorbea, comenzó estudiando las necrópolis de los urnenfelder, los campos de urnas, de la primera Edad del Hierro, en el Ebro, para centrarse desde hace algunos años en la protohistoria de la meseta. Los vettones, celtíberos y carpetanos son objeto habitual de sus trabajos y ensayos. Ha sido una pieza clave en la introducción de una manera anglosajona de entender el estudio de las sociedades. El conocimiento de la vida cotidiana y de sus actividades económicas es tema preferencial, que comparto, en su quehacer. Una alegría verle por estos lares.
También ha venido a visitarnos, de la mano de Alfredo Pérez-González, el geólogo Andoni Terriño, Ramón y Cajal en el Centro Nacional de la Evolución Humana de Burgos. Andoni se dedica al estudio de las materias primas sobre las que los paleolíticos tallaron sus utensilios. Como habréis leído más arriba, en el caso de la industria del nivel F de Navalmaíllo, la clave interpretativa esencial de los productos finales de las cadenas operativas se encuentra en la enorme variedad de materias primas. Pedimos a Andoni que colabore con nosotros y concertamos reuniones futuras para establecer los términos de esta colaboración. Andoni se ha formado con Ignacio Barandiarán, Catedrático de Prehistoria en la Universidad de Vitoria, y, en mi opinión, uno de los mejores paleolitistas europeos. Lástima que ahora, al cumplir 70 años, se nos jubile. Confío en que siga en activo durante muchos años. Sus estudios sobre industrias óseas y arte mueble del paleolítico superior aún no han sido superados. ¡Salud Maestro!
Hasta aquí, por hoy.







